Sobre mi
El origen de "el Bizarro"



Según mis amigos, siempre me ocurren cosas muy extrañas. Cuando se las cuento, tras las risas siempre destaca la misma palabra entre los recovecos de la frase: bizarro. Así, sin darme cuenta, me convertí en "el bizarro". Pero podéis juzgar por vosotros mismos con una de las múltiples y extrañas aventuras gracias a las que obtuve este distinguido apodo:

En 2007, cuando estudiaba comunicación audiovisual en la universidad, tuve que presentarme al examen de la asignatura Historia del cine. Iba confiado, me sabía el temario. El problema residía en que junto con el examen había que entregar el proyecto final impreso. Yo lo llevaba en digital, pero no había reparado en la versión en papel. El profesor me dio como plazo de entrega esa misma mañana o, al no cumplir los requisitos establecidos para la evaluación del examen, debería repetirlo en septiembre.

Llovía, hacia frío, y un bizarro jadeante pedaleaba como un loco por las calles de Burgos salpicando a diestro y siniestro.
En consecuencia, la gente chillaba:
—¡Imbécil! No tienes vergüenza.
—¡Así te mates!.

Tenía un objetivo. Sentía el peso de las gotas de lluvia acumuladas sobre las cejas, los pulmones pitaban (asma 100% certified), los frenos de la bicicleta chirriaban y apenas veía con las gafas empañadas, pero el tiempo apremia.

Llegué a la residencia, a mi habitación, encendí el ordenador, diseñé unas cubiertas y sin pausa me desplacé a la reprografía más cercana. Suspiré aliviado mientras me alejaba de aquel trabajo que, aún caliente, coloqué encima de otros proyectos que reposaban sobre el escritorio de la sala especificada para su entrega.

Ya con tranquilidad, quité el cepo a la bici y decidí volver a la residencia. Ya no llovía, iba con precaución... si, había salido airoso... y de repente, la rueda delantera resbaló.

Fue todo tan rápido que no me dio tiempo a protegerme con las manos y recorrí varios metros golpeando la cabeza por el carril bici mientras mis dientes se partían y desgastaban contra el suelo.
¡Que bien! Un incisivo y un canino pasto del asfalto.

Aún aturdido, decido exhibir mis magulladuras en el hospital. Todo bien, la radiografía indicaba que aquella brecha en la sien y el moratón en la mejilla no eran para tanto. Así que, esta vez con éxito, consigo llegar hasta mi residencia.

Allí la recepcionista se preocupa por mis moretones y me comenta que a un sobrino suyo, al llevar los trozos de los dientes que se le habían partido, se los volvieron a pegar. Yo y mi inconsciencia decidimos agarrar de nuevo con fuerza el manillar y volver al lugar del accidente.

Ya en el puente adyacente al Arco de Santa María me agacho una y otra vez buscando fragmentos, que constantemente equivoco con pequeñas piedras de calcita que brillan con la tenue luz que incide entre nubes de tormenta.

Una búlgara sentada sobre una caja de cartón, que empieza ya a reblandecerse por el contacto con el suelo, lleva un rato fijándose en mi. Finalmente vence su curiosidad y abandona su puesto. Coloca cuidadosamente la foto de su familia sobre su asiento y me pregunta intrigada:
—¿Qué haces?.
—Estoy buscando mis dientes— respondí.
La rumana asiente, reflexiona durante unos breves instantes, y decide ayudarme en mi épica búsqueda.

Un hombre aparece y nos pregunta. Ante la misma respuesta decide señalarnos una pequeña isla de gravilla acumulada por la lluvia, cautiva de un pequeño afluente que sigue su camino hacia el río.-Puede que ahí-. Se encoge de hombros y prosigue con su camino.

Un anciano en cambio, basándose en conjeturas, pasa y nos insulta al ver a un chico mellado, con la cara morada y sangre reseca en el pelo junto a una mujer atuendada con un vestido largo negro, a juego con el pañuelo en su cabeza, buscando por el suelo y removiendo la tierra.

Tras mostrarme varias piedras y un trocito de diente, la búlgara decide volver a sentarse en la caja. Yo sigo agachado, buscando entre los recovecos de las baldosas. De repente, un perro marrón calado hasta los huesos se para frente a mi. Es un perro pequeño, de los que tienen la mandíbula inferior desplazada hacia fuera enseñando todos los dientes y los ojos extremadamente grandes. Miro hacia arriba y observo a su dueño.
—¿Qué haces?.— Me pregunta.
—Ando buscando mis dientes.
A continuación comienza a reírse a carcajadas y me pregunta mirándome fijamente —¿Y para qué los quieres?.
El joven no tenía ni un sólo diente.

Me levanto. Tenemos una conversación de lo más peculiar (una pena que no la recuerde) y pone especial interés en mi bici:
—¿Es tuya? ¿Me dejas dar una vuelta?.
A lo que respondí sonriendo —No que te la llevas.
El chico se ríe aún más que cuando descubrió por que estaba agachado buscando entre el barro y me sorprende con un: — Que malo eres.

Se aleja caminando mientras me mira y se ríe. El perro, ladrando sin pausa, corre en círculos a su alrededor.

Después de aquello y con cuatro pequeñísimos fragmentos de lo que creía que eran mis dientes, decido abandonar el lugar tras despedirme de la búlgara, hostigado por la inminente tormenta que se avecinaba.

Conclusión: conduzco como un loco (cosa que me encanta) y no me pasa nada, voy con precaución y me parto los dientes. Personas que no conoces te ayudan desinteresadamente, mostrándote un rayo de esperanza en una sociedad cada vez mas individualista. Siempre hay alguien que sin razón ni conocimiento te critica. Personajes peculiares te alegran la mañana con situaciones de lo mas absurdo y, entre tanto, cumples con tus obligaciones. Yo diría que fue un día perfecto.



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